VERDE COMO EL DESTINO: CAPITULO 6

CAPÍTULO 6: Flores que escondían cadenas

Todo continuó de mal en peor, aunque yo todavía era incapaz de verlo. Sin darme cuenta, acababa de cometer uno de los errores más grandes de toda mi vida.

Mi cuerpo nunca volvió a ser el mismo después de las drogas. Había perdido demasiado peso, demasiadas fuerzas y demasiadas ganas de vivir. Pero lo peor no era lo que reflejaba el espejo. Lo peor era el caos que llevaba dentro. La depresión seguía escondida en algún rincón de mi pecho, esperando el momento perfecto para volver a abrazarme.

Aun así, el tiempo siguió avanzando.

Y con él, mi nueva pareja.

Mi jefe.

La verdad es que nunca sentí aquel amor arrollador del que hablan las películas. No fue un flechazo. No me hizo perder el sueño ni aceleró mi corazón la primera vez que lo vi. Pero el cariño tiene una extraña forma de crecer cuando alguien permanece. Aprendí a quererlo entre conversaciones interminables, desayunos compartidos, silencios cómodos y pequeños gestos que parecían curar heridas invisibles.

Lo quise.

O, al menos, aprendí a hacerlo.

Aunque había noches en las que mi corazón y mi cabeza parecían hablar idiomas distintos. Mientras uno intentaba avanzar, el otro seguía mirando hacia un pasado que aún dolía demasiado.

Sin saberlo, estaba comenzando una historia de amor tan extraña como peligrosa.

El principio del mayor infierno que conocería.

Él era musulmán y, durante los primeros meses, todo parecía sencillo. Decía que respetaría mi forma de vivir, que jamás intentaría cambiarme. Me hacía sentir libre. O, al menos, eso quería que creyera. Me regalaba palabras bonitas, promesas tranquilizadoras y una sensación de seguridad que yo necesitaba desesperadamente después de todo lo que había vivido.

Y yo me aferré a ellas.

Porque cuando vienes de la oscuridad, cualquier pequeña luz parece un sol.

Los primeros meses fueron casi perfectos.

A veces la tristeza volvía a visitarme en silencio. Me encerraba a llorar donde nadie pudiera verme y después salía con una sonrisa ensayada, fingiendo que todo estaba bien. Me había convertido en una experta escondiendo mis propias tormentas.

Él me llevaba a conocer pueblos perdidos, carreteras interminables y rincones que jamás habría imaginado visitar. Tenía dinero. Mucho dinero. Le gustaba sorprenderme con regalos caros, ropa bonita, perfumes, detalles que yo nunca había podido permitirme.

Yo no podía corresponderle de la misma manera.

Pero lo intentaba.

Con el poco dinero que tenía buscaba algún detalle que pudiera hacerle ilusión. Porque nunca he creído que el amor se mida por el precio de un regalo, sino por la intención con la que se entrega.

Poco a poco también empecé a abrirle las puertas de lo más importante que tenía.

Mi familia.

Al principio les sorprendió que fuera árabe. Era normal; todo era nuevo para ellos. Pero nunca lo juzgaron. Lo recibieron con respeto, con cariño y con la esperanza de que fuera el hombre que consiguiera devolverme la paz que tanto tiempo llevaba buscando.

Lo trataron como a uno más.

Como si siempre hubiera pertenecido a nuestra mesa.

Mientras tanto, yo seguía sin conocer a la suya. Vivían lejos, en otro país. Solo conocí a uno de sus hermanos, al que había traído hacía poco para trabajar con él. Además del bar, tenía otros negocios y lo había colocado en una de sus tiendas para empezar una nueva vida.

Yo interpreté aquella diferencia como algo sin importancia.

Pensé que ya habría tiempo para conocer a los suyos.

No imaginaba que esa puerta cerrada escondía secretos que cambiarían para siempre el rumbo de mi historia.

Porque hay personas que primero te enamoran con flores... para después construir la jaula pétalo a pétalo, sin que te des cuenta de que un día has dejado de ser libre.

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