VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 1
CAPÍTULO 1: Los ojos que cambiaron aquel verano
Tenía diecisiete años y creía conocer de memoria todos los veranos de mi vida.
La piscina municipal de mi pueblo siempre era la misma. El mismo olor a cloro mezclado con crema solar. Las mismas hamacas ocupadas desde primera hora. Las mismas risas de mis primos, las voces de mi madre llamándonos para comer, las bromas de mis tíos y mi hermana intentando convencerme de que me metiera al agua cuando yo solo quería tumbarme al sol.
No había espacio para las sorpresas. O eso pensaba.
Hasta que apareció él.
El nuevo socorrista.
Recuerdo perfectamente el instante en que levanté la vista y me encontré con su silueta vigilando la piscina. Alto, tranquilo, con esa seguridad que tienen las personas que ni siquiera son conscientes de que llaman la atención. Llevaba unas gafas de sol polarizadas que escondían su mirada, pero, aun así, había algo que me decía que me estaba observando.
Y yo tampoco podía dejar de mirarlo.
Era absurdo. Fingía hablar con mi familia mientras buscaba cualquier excusa para volver a levantar la cabeza y comprobar si seguía allí. Cada vez que nuestras miradas parecían cruzarse, aunque las ocultaran aquellas gafas oscuras, sentía un vuelco en el estómago que jamás había experimentado.
No hablamos.
Solo fueron unos segundos robados entre el ruido del agua y el eco de las risas.
Pero bastaron para que aquel verano dejara de parecerse a todos los anteriores.
Al día siguiente llegué a la piscina mucho antes de lo habitual. Inventé cualquier excusa para convencer a mi madre de ir pronto. No quería reconocerlo ni delante de mí misma, pero la única razón era volver a verlo.
Y allí estaba.
En el mismo sitio.
Como si nunca se hubiera movido.
Parecía bastante mayor que yo. Lo suficiente como para pensar que aquello no tenía ningún sentido. Sin embargo, cuando tienes diecisiete años, el corazón nunca pregunta por las edades. Solo siente.
Los primeros días nuestras conversaciones fueron exactamente lo que cualquiera esperaría entre un socorrista y una chica que iba todos los días a la piscina.
Un "¿qué tal el agua?".
Un "hoy hace más calor".
Alguna broma sin importancia.
Nada especial.
O eso intentábamos hacer creer.
Porque cada conversación duraba un poco más que la anterior. Cada despedida llevaba implícita la promesa silenciosa de volver a encontrarnos al día siguiente. Sin darme cuenta, empecé a medir los días por los minutos que hablaba con él.
Y dejé de faltar a la piscina.
Ni uno solo.
Había dejado de ir por el agua.
Ahora iba por él.
Una tarde ocurrió algo que todavía recuerdo con una claridad imposible.
Se quitó las gafas de sol.
Y el tiempo se detuvo.
Nunca había visto unos ojos así.
Verdes.
No un verde cualquiera. Eran de esos ojos que parecen cambiar con la luz, que tienen algo imposible de describir y que consiguen que olvides todo lo que estabas pensando un segundo antes.
Creo que fue en ese instante cuando supe que ya estaba perdida.
Porque ya no solo esperaba nuestras conversaciones.
Esperaba su sonrisa.
Esperaba escuchar su voz.
Esperaba encontrar aquellos ojos buscándome entre toda la gente.
Sin saber cómo, aquel chico que unos días antes era un completo desconocido se había convertido en la parte favorita de mi verano.
Y lo más curioso era que él también parecía esperarme.
Nunca hablamos de lo que estaba ocurriendo.
No hizo falta.
Hay sentimientos que empiezan mucho antes de que alguien se atreva a ponerles un nombre.
Y nosotros todavía no lo sabíamos...
Pero mientras el verano seguía avanzando y las tardes parecían durar un poco más cuando estábamos juntos, dos desconocidos comenzaron a escribir, sin darse cuenta, la historia que cambiaría para siempre el rumbo de sus vidas.
Porque hay amores que llegan haciendo ruido.
Y otros...
Empiezan con un simple cruce de miradas.
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