VERDE COMO EL DESTINO: CAPITULO 5

 CAPÍTULO 5: Cuando desperté sin ti

Dicen que las adicciones no solo destruyen a quien las sufre.

También arrasan con todos los que intentan salvarte.

Y él llevaba demasiado tiempo intentando rescatar a alguien que ya casi no era yo.

Nuestra historia estaba hecha pedazos.

Las discusiones habían dejado de ser excepciones para convertirse en nuestra rutina. Él seguía luchando por mí con una fuerza que hoy todavía me emociona recordar. Me pedía que parara, que volviera a ser la chica de la que se había enamorado aquel verano junto a la piscina. Me repetía una y otra vez que todavía estábamos a tiempo.

Pero yo no escuchaba.

O quizá sí lo hacía...

Solo que la droga gritaba mucho más fuerte que él.

Lo veía apagarse delante de mis ojos.

Cada día sonreía menos.

Dormía peor.

Y empezó a desconfiar de todo.

No porque quisiera hacerlo.

Porque yo le había dado demasiados motivos para dudar de la persona en la que me estaba convirtiendo.

Entonces llegó el rumor.

Ese rumor que terminó de romper lo poco que aún quedaba en pie.

Alguien empezó a decir que yo le era infiel con mi jefe.

Que por eso cerrábamos la persiana del bar.

Que por eso desaparecía durante horas.

Todo el mundo parecía tener una versión de la historia.

Todo el mundo menos yo.

Porque yo sabía la verdad.

Nunca cerrábamos para escondernos de una infidelidad.

Cerrábamos para consumir.

Para beber.

Para seguir destruyéndonos cuando el resto del mundo ya se había ido a dormir.

Era una verdad horrible.

Pero era la verdad.

Y, sin embargo, ya nadie parecía creer mi palabra.

Era yo contra un pueblo entero.

Y, sobre todo...

Era yo contra la desconfianza del hombre al que más quería.

Discutimos.

Mucho.

Demasiado.

Hasta que un día entendió que ya no podía seguir luchando solo.

Y tomó la decisión que más miedo me daba.

Me dejó.

No porque hubiera dejado de quererme.

Sino porque seguir a mi lado también estaba empezando a destruirlo a él.

Recuerdo aquel día como si el tiempo se hubiera detenido.

Nos despedimos con lágrimas en los ojos.

Con abrazos que parecían pedir una segunda oportunidad.

Con dos corazones que seguían latiendo el uno por el otro, pero que ya no sabían cómo caminar en la misma dirección.

A veces el amor no termina.

Solo se rompe.

Y duele igual.

O quizá más.

Pensé que aquella pérdida me haría reaccionar.

Pero ocurrió justo lo contrario.

La droga volvió a anestesiarlo todo.

Durante unas horas conseguía olvidar el vacío.

Olvidar que él ya no estaba.

Olvidar que la única culpable de aquella despedida era yo.

Y cuanto más intentaba escapar del dolor...

Más profundo caía.

Cada noche terminaba contándole mis penas a mi jefe.

Él escuchaba.

Yo hablaba.

Y entre la tristeza, el alcohol, las drogas y la necesidad desesperada de sentir que alguien llenaba el hueco que había dejado el amor de mi vida...

Crucé otra línea que jamás pensé cruzar.

Empecé una relación con él.

Si hoy me preguntas por qué lo hice, no sabría responderte.

¿Fue dolor?

¿Fue despecho?

¿Fue la dependencia?

¿Fue el alcohol?

¿Fueron las drogas?

Quizá fue un poco de todo.

O quizá fue simplemente que llevaba demasiado tiempo sin ser dueña de mis propias decisiones.

Porque la verdad es que nunca dejé de querer al hombre al que acababa de perder.

Ni un solo día.

Ni un solo instante.

Y entonces...

Llegó el día que lo cambió todo.

Estaba trabajando como cualquier otra tarde.

El bar estaba lleno de clientes.

Había ruido.

Conversaciones.

Platos entrando y saliendo de la cocina.

Y, de repente...

Sentí un calor recorrerme la cara.

Me llevé la mano a la nariz.

Sangre.

Mucha sangre.

Demasiada.

No podía detenerla.

Recuerdo las caras de los clientes mirándome asustados.

Las prisas.

Los gritos.

Y, mientras intentaba contener aquella hemorragia, algo hizo clic dentro de mí.

Me miré las manos manchadas de sangre y pensé:

"Ya está."

"Hasta aquí."

"Se acabó."

No fue el miedo a morir.

Fue el miedo a seguir viviendo así.

Aquel mismo día tomé una decisión que llevaba demasiado tiempo aplazando.

Las drogas salían de mi vida.

Para siempre.

Y, contra todo lo que me habían dicho, dejar de consumir fue mucho más fácil de lo que imaginaba.

Lo difícil no fue abandonar la droga.

Lo difícil fue enfrentarme a la persona que había sido mientras la consumía.

Porque cuando la niebla desapareció...

Llegó la realidad.

Toda de golpe.

Volvieron los recuerdos.

Las llamadas perdidas.

Las lágrimas.

Las promesas incumplidas.

Las noches en las que él me esperaba mientras yo me destruía.

Y una pregunta empezó a perseguirme cada vez que cerraba los ojos.

¿Por qué había dejado escapar al amor de mi vida?

¿Por qué había elegido una vida que ni siquiera quería vivir?

¿Por qué lo había hecho sufrir de aquella manera?

Había pasado casi un mes desde que habíamos roto.

Yo seguía saliendo con mi jefe.

Pero era una mentira.

Una mentira que me contaba a mí misma.

Porque mi corazón nunca se había ido de donde realmente pertenecía.

Seguía viviendo en aquellos ojos verdes que un verano cambiaron mi vida.

Y fue entonces cuando comprendí la verdad más dolorosa de todas.

Había conseguido vencer a las drogas.

Pero ahora tendría que enfrentarme a algo mucho más difícil.

La posibilidad de haber perdido para siempre al único hombre al que había amado de verdad.

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