VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 4

 CAPÍTULO 4: Perdidos en mi propia oscuridad

Nunca imaginé que pudiera existir una adicción capaz de hacerte dejar de reconocer a la persona que ves frente al espejo.

Ni que esa persona acabaría siendo yo.

Nuestra vida comenzó a girar alrededor de una única prioridad. Ya no hablábamos de ahorrar para viajar, ni de hacer planes de futuro, ni de construir la vida que tantas noches habíamos imaginado.

Todo nuestro dinero tenía un destino.

Que no faltaran las drogas para el fin de semana.

Con el tiempo, ni siquiera era solo el fin de semana.

La diferencia entre nosotros empezó a hacerse cada vez más evidente.

Él consiguió frenar.

No de golpe, pero sí a tiempo.

Era capaz de decir "hasta aquí". De volver a casa. De seguir con su rutina. De levantarse al día siguiente y continuar con su vida.

Yo no.

Yo ya no sabía dónde estaba el límite.

Lo que empezó siendo una forma de escapar de la realidad terminó convirtiéndose en mi propia realidad.

Necesitaba consumir cada vez más.

Cada vez con más frecuencia.

Cada vez con menos excusas.

Sin darme cuenta, también cambié a las personas que me rodeaban.

Aquellos amigos que me habían acogido con tanto cariño, los mismos con los que había pasado las mejores noches de mi vida, fueron desapareciendo poco a poco de mi día a día.

No porque ellos se marcharan.

Porque fui yo quien dejó de buscarlos.

Empecé a rodearme de gente que vivía igual que yo.

Personas para las que la noche empezaba cuando otros se iban a dormir.

Personas que no hacían preguntas.

Que nunca te decían que pararas.

Que solo querían seguir consumiendo.

Y yo me sentía comprendida...

Sin darme cuenta de que, en realidad, me estaba perdiendo.

Poco después encontré trabajo en un bar.

Entré como cocinera.

Al menos, eso decía el contrato.

La realidad era muy distinta.

Cocinaba.

Servía mesas.

Recogía.

Limpiaba.

Hacía cafés.

Cerraba el local.

Todo valía.

Todo recaía sobre los mismos hombros.

Al principio pensé que aquel trabajo sería una oportunidad para volver a encontrar estabilidad.

Pero cometí el peor error que podía cometer.

Llevé mi adicción conmigo.

Al principio solo necesitaba consumir antes de salir.

Después, durante los descansos.

Y terminó llegando un momento en el que sentía que no era capaz de trabajar si no lo hacía drogada.

Mi vida dejó de girar alrededor de las personas que quería.

Empezó a girar alrededor de la siguiente dosis.

Y ese fue, probablemente, el principio del verdadero distanciamiento entre nosotros.

Él seguía intentando sostener una relación que poco a poco se le escapaba de las manos.

Yo trabajaba a turno partido.

Las pocas horas libres que tenía por la noche antes eran para verlo.

Para abrazarlo.

Para cenar juntos.

Para contarnos cómo había ido el día.

Pero dejé de hacerlo.

Sin darme cuenta, empecé a elegir otra vida.

Cuando cerrábamos el bar, bajábamos la persiana y nos quedábamos dentro.

Mi jefe.

Mis compañeros.

Alcohol.

Música.

Y droga.

Mucha droga.

Las horas pasaban sin que yo fuera consciente de nada.

Mientras tanto, él esperaba.

Me llamaba una vez.

Dos.

Cinco.

Diez.

Quince.

Me escribía preguntándome dónde estaba.

Si estaba bien.

Si me había pasado algo.

Y yo...

Ni siquiera escuchaba el teléfono.

No era capaz.

La droga me había robado hasta la capacidad de darme cuenta de que había alguien esperándome al otro lado.

A la mañana siguiente despertaba con la cabeza rota.

Cogía el móvil.

Veinte llamadas perdidas.

Mensajes enviados de madrugada.

Mensajes enviados al amanecer.

Y siempre la misma pregunta resonando dentro de mí.

"¿Qué he hecho otra vez?"

La culpa aparecía durante unos minutos.

Prometía que no volvería a pasar.

Le pedía perdón.

Lloraba.

Y, durante unas horas, de verdad creía que iba a cambiar.

Pero al caer la noche...

Todo volvía a empezar.

Él ya no solo estaba triste.

Estaba asustado.

Las primeras desconfianzas comenzaron a ocupar el lugar donde antes solo había tranquilidad.

No desconfiaba porque hubiera dejado de quererme.

Desconfiaba porque había dejado de reconocerme.

Y tenía motivos para hacerlo.

Yo desaparecía durante horas.

No contestaba.

Mentía para justificar cosas que ni siquiera recordaba.

Le hacía promesas que rompía al día siguiente.

Mientras él intentaba sujetarme con todas sus fuerzas...

Yo seguía soltándome de su mano.

Cada discusión era un grito desesperado de dos personas que seguían amándose, pero que ya no sabían cómo encontrarse.

Él luchaba contra mi adicción.

Yo luchaba por protegerla.

Y esa era una batalla imposible de ganar.

Porque el enemigo no estaba entre nosotros.

Vivía dentro de mí.

A veces pienso que ese fue el momento exacto en el que nuestro infierno comenzó.

No porque dejáramos de querernos.

Sino porque el amor, por sí solo, ya no era suficiente para salvarnos.

Y aunque ninguno de los dos quería aceptarlo...

La droga ya había empezado a escribir nuestra historia por encima de nosotros.

Comentarios

Entradas populares