VERDE COMO EL DESTINO: CAPITULO 7

Capítulo 7: Te quise, hasta olvidarme de mí 

Mudarnos juntos parecía el comienzo de la vida que siempre había imaginado. Creía que, después de todo lo que había sufrido, por fin me esperaba un hogar donde descansar el alma. Pensaba que el amor sería capaz de cerrar las heridas que el pasado había dejado abiertas.

Qué equivocada estaba.

Por aquel entonces había encontrado trabajo en un centro comercial. Era un contrato temporal, pero me hacía sentir útil otra vez. Sentía que poco a poco volvía a reconstruirme. Sin embargo, la felicidad apenas duró unos meses. El contrato terminó y el paro volvió a llamar a mi puerta.

Y con él... comenzó mi verdadero infierno.

Fue como si, de un día para otro, dejara de verme como su pareja para empezar a verme como alguien inferior.

Ya no era la mujer de la que presumía.

Ahora era la mujer que, según él, no hacía nada con su vida.

Cada palabra que salía de su boca era una piedra más sobre mi autoestima.

"No sirves para nada."

"Sin mí no tendrías nada."

"¿Qué harías tú sola?"

Al principio aquellas frases me hacían llorar a escondidas.

Después dejaron de dolerme.

Porque terminé creyéndolas.

Como yo estaba en casa, toda la responsabilidad del hogar cayó sobre mis hombros. Limpiaba cada rincón hasta que brillaba, cocinaba cada comida, lavaba la ropa, recogía, ordenaba... Mientras él llegaba del trabajo, se sentaba en el sofá y actuaba como si aquella casa funcionara sola.

Jamás escuché un "gracias".

Jamás vi el más mínimo gesto de ayuda.

Era como si mi esfuerzo hubiera dejado de tener valor.

Como si yo también hubiera dejado de tenerlo.

Recuerdo que un día me dijo que, mientras estuviera en paro, no tenía derecho a esperar regalos ni detalles. Que esos privilegios eran para quien aportaba dinero.

Y yo bajé la cabeza.

Porque ya no discutía.

Solo obedecía.

Los insultos comenzaron a disfrazarse de bromas. Las humillaciones se colaban en conversaciones cotidianas. Las vejaciones eran tan frecuentes que dejaron de sorprenderme.

Lo más triste no fue escuchar aquellas palabras.

Lo más triste fue el día en que dejaron de parecerme extrañas.

Porque el maltrato nunca llega gritando.

Llega susurrando.

Y cuando quieres darte cuenta, ya habla con tu propia voz.

Aun así, de vez en cuando volvía a convertirse en el hombre del principio. Me llevaba un fin de semana a comer a un restaurante precioso, me abrazaba, me sonreía y conseguía que olvidara todo el dolor acumulado.

Yo vivía esperando esos pequeños momentos.

Como quien espera una gota de agua en medio del desierto.

Pensaba que aquel era el hombre real y que el otro solo aparecía cuando estaba cansado o enfadado.

No entendía que ambos eran la misma persona.

Mientras tanto, yo desaparecía un poco más cada día.

Empecé a pedirle perdón por cosas que ni siquiera había hecho. Si levantaba la voz, era porque yo lo había provocado. Si me humillaba, seguramente tendría razón. Si me hacía llorar, la culpable debía de ser yo por ser demasiado sensible.

Y cuando alguien de mi alrededor insinuaba que aquello no era amor, yo lo defendía con todas mis fuerzas.

Porque reconocer la verdad habría significado aceptar que estaba entregando mi corazón a la misma persona que lo rompía cada día.

Había dejado de quererme.

Toda mi felicidad dependía de una sonrisa suya.

Toda mi tranquilidad dependía de que él no se enfadara.

Toda mi vida giraba alrededor de un hombre que, poco a poco, me estaba convenciendo de que sin él yo no era nadie.

Y lo más aterrador...

...es que yo ya empezaba a creerlo.

Comentarios

Entradas populares