VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 2
CAPÍTULO 2: Hasta que amaneciera, pero contigo
Dicen que el amor llega de repente.
Pero nadie habla de cómo, poco a poco, empieza a ocupar todos los rincones de tu vida.
Después de aquel verano en la piscina, ya no nos bastaban las miradas robadas entre el agua y el sol. Cuando él terminaba su jornada como socorrista, siempre encontraba la manera de escribirme o de aparecer con esa sonrisa que ya se había convertido en mi lugar favorito.
Y entonces comenzaron nuestras noches.
Me presentó a sus amigos. Al principio yo era la chica tímida que apenas hablaba, la que sonreía más de lo que decía. Pero ellos me hicieron sentir una más desde el primer momento. Poco después, mis primos también empezaron a venir con nosotros, y sin darnos cuenta habíamos formado un grupo que parecía llevar toda la vida junto.
Las noches de verano tenían una magia difícil de explicar.
Nos sentábamos en cualquier banco del pueblo, en un parque o simplemente en la acera, donde las horas parecían detenerse. Hablábamos de cualquier cosa, nos reíamos hasta que nos dolía la barriga y hacíamos planes que, seguramente, ninguno sabíamos si llegarían a cumplirse.
Cuando mirábamos el reloj, siempre era demasiado tarde.
La madrugada nos sorprendía una noche tras otra, como si el tiempo decidiera correr más deprisa solo para nosotros.
Y yo era feliz.
Profundamente feliz.
Todavía hoy, cuando cierro los ojos, puedo escuchar aquellas carcajadas mezcladas con el silencio de las calles vacías, el aire cálido de agosto acariciándonos la piel y esa sensación de que el mundo entero cabía en unas pocas horas junto a él.
Porque él...
Él era diferente.
Nunca había conocido a alguien como él.
Tenía una forma de cuidar a los demás que parecía innata. Era bueno sin esperar nada a cambio. Hacía reír incluso a quien tenía un mal día. Era atento con cada persona que quería, respetuoso hasta en los pequeños detalles, cariñoso sin resultar empalagoso y leal como pocas veces he vuelto a ver en alguien.
Pero, por encima de todo, era un amigo increíble.
Entendí por qué todo el mundo lo quería.
Y entendí por qué yo empezaba a quererlo cada día un poco más.
Aquel estaba siendo, sin ninguna duda, uno de los mejores veranos de mi vida.
Poco tiempo después decidió presentarme a las personas más importantes para él.
Recuerdo perfectamente los nervios que llevaba aquel día.
Conocí a sus padres, a su hermana y a su sobrina, que entonces era apenas una niña pequeña que llenaba la casa de risas inocentes.
Me recibieron como si me conocieran de toda la vida.
Con una sonrisa sincera.
Con abrazos.
Con una cercanía que hizo desaparecer todos mis nervios en cuestión de minutos.
Aquella casa desprendía algo difícil de explicar.
Era hogar.
Y yo no podía dejar de pensar en la suerte que estaba teniendo al cruzarme con personas así.
No solo me estaba enamorando de él.
También estaba aprendiendo a querer a la familia que lo había convertido en la persona que era.
En mi casa, sin embargo, las cosas eran diferentes.
Mis padres eran de los de antes.
De los que tenían normas inamovibles.
No querían chicos durmiendo en casa. Ni amigos. Ni reuniones. Ni excepciones.
Así que las despedidas siempre llegaban demasiado pronto.
Mientras otras parejas podían pasar la noche juntas, nosotros aprendimos a conformarnos con las horas que nos regalaban.
Él trabajaba todo el día como socorrista, así que su tiempo también era limitado.
Aun así, encontrábamos la manera.
Había noches en las que me quedaba en su casa hasta las tres de la madrugada. No podía dormir allí, pero aquellas horas nos parecían un tesoro.
Nos tumbábamos a hablar de cualquier cosa.
Del futuro.
De nuestros sueños.
De los viajes que queríamos hacer.
De la vida que imaginábamos cuando todo aquello dejara de ser un verano.
Y, aunque el reloj siempre terminaba ganándonos la partida, nunca sentí que el tiempo fuera suficiente.
Porque cuando quieres de verdad, incluso las horas parecen minutos.
Con diecisiete años pensaba que la felicidad era exactamente aquello.
No necesitaba grandes regalos.
Ni lugares increíbles.
Ni promesas imposibles.
Solo necesitaba que él estuviera a mi lado.
Jamás imaginé que aquellos días estaban escribiendo el comienzo de la historia más importante de mi vida.
Una historia preciosa.
Una historia que me enseñaría el significado del amor más puro.
Y también, con el paso del tiempo, el peso que pueden dejar las cicatrices cuando amas con toda el alma.
Pero eso aún no lo sabía.
En aquel momento solo era una chica de diecisiete años convencida de que el verano nunca iba a terminar.
Y de que había encontrado a la persona con la que quería vivir todos los siguientes.
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