VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 8

Capítulo 8: La noche en que el miedo cambió de nombre

Hay noches que llegan sin avisar.

No parecen diferentes a las demás.

Sales de casa pensando que vas a pasar unas horas con amigos, riendo, desconectando de la rutina... y, sin saberlo, estás caminando hacia el momento que cambiará tu vida para siempre.

Después de asumir que, según él, yo no servía para nada, empecé a creer que incluso los pocos momentos de felicidad que tenía debía merecerlos. Si un día me abrazaba, era porque había hecho las cosas bien. Si me sonreía, era porque había conseguido no enfadarlo. Vivía intentando ser suficiente para alguien a quien nunca le bastaría nada de mí.

Mientras yo luchaba por convertirme en la mujer que él quería, la soledad empezaba a instalarse definitivamente en mi vida.

Ya no llamaba tanto a mis amigas.

Cada vez veía menos a mi familia.

Me costaba explicar lo que estaba viviendo porque ni siquiera yo era capaz de entenderlo.

Y, aunque compartía techo con él, hacía mucho tiempo que había dejado de sentir que tenía un hogar.

Había algo que cada vez ocupaba más espacio entre nosotros.

El alcohol.

La realidad es que nunca dejó de beber.

Pero hasta entonces yo había estado demasiado enamorada para verlo.

Siempre encontraba una excusa.

"Solo han sido unas cervezas."

"Está cansado."

"Ha tenido un mal día."

Mentiras que me repetía para proteger la imagen del hombre del que me había enamorado.

Pero las dos cervezas empezaron a convertirse en cinco.

Cinco en ocho.

Y ocho en diez.

Con cada copa parecía desaparecer un poco más la persona que yo conocía.

Su mirada cambiaba.

Su voz también.

Las bromas daban paso a los desprecios.

Y los desprecios... a una rabia que cada vez daba más miedo.

Llegó el verano y, con él, las fiestas de un pequeño pueblo al que fuimos con unos amigos.

Recuerdo perfectamente cómo me sentía antes incluso de salir de casa.

Tenía un presentimiento.

Ese nudo en el estómago que solo aparece cuando el miedo ya conoce el camino.

Sabía que todos iban a beber.

Y sabía que, si todos bebían, él también lo haría.

Aun así fui.

Porque llevaba demasiado tiempo creyendo que podía controlar lo incontrolable.

Al principio todo transcurrió con normalidad.

Había música.

Las calles estaban llenas de gente.

Los niños corrían entre las casetas.

Las luces iluminaban la plaza y durante unos instantes conseguí convencerme de que aquella noche sería diferente.

Lo vi sonreír.

Hablar con nuestros amigos.

Reírse.

Y pensé:

"Quizá hoy no pase nada."

Qué poco tardó la realidad en despertarme.

Después del tercer cubata, empezó a cambiar.

Fue algo casi imperceptible al principio.

Su expresión dejó de ser la misma.

Su tono de voz empezó a endurecerse.

Y, de repente, sin que hubiera ocurrido absolutamente nada, comenzó a dirigirse a mí con un desprecio que me dejó completamente paralizada.

—No vales para nada.

La primera frase me hizo bajar la mirada.

Intenté quitarle importancia.

Pensé que, si no respondía, se cansaría.

Pero no se cansó.

Al contrario.

Cada palabra era más cruel que la anterior.

Hasta que, delante de nuestros amigos y de decenas de personas que ni siquiera conocíamos, pronunció una palabra que todavía hoy sigue resonando en mi cabeza.

—Puta.

El silencio que sentí dentro de mí fue mucho más fuerte que todo el ruido de aquella fiesta.

Noté cómo varias personas giraban la cabeza.

Cómo algunas conversaciones se detenían.

Cómo las miradas empezaban a clavarse en nosotros.

Yo solo quería desaparecer.

Recuerdo ver a varias chicas, que estaban cerca de donde nos encontrábamos, observando la escena con preocupación.

Más tarde supe que fueron ellas quienes decidieron avisar a la policía.

En aquel momento yo no pensé en denunciar.

Ni siquiera pensé en mí.

Lo único que quería era sacarlo de allí antes de que ocurriera algo peor.

Seguía convencida de que tenía que protegerlo.

Protegerlo incluso de sí mismo.

Con mucho esfuerzo conseguí llevarlo hasta el coche.

Mientras cerraba la puerta respiré profundamente.

Solo tenía un objetivo.

Llegar a casa.

Creía que, una vez lejos de toda aquella gente, todo terminaría.

Pero el verdadero infierno acababa de empezar.

Nada más arrancar el coche, comenzó a culparme de todo lo que había sucedido.

Decía que yo lo había dejado en ridículo.

Que todo era culpa mía.

Que siempre conseguía estropearle la vida.

Intenté mantener la calma.

No respondía.

Solo conducía.

Con las manos aferradas al volante y el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que apenas podía respirar.

Aquel trayecto se hizo eterno.

Nunca había sentido tanto miedo.

Cada kilómetro parecía no terminar nunca.

Solo repetía una frase dentro de mi cabeza.

"Llega a casa. Solo llega a casa."

Sin darme cuenta, un coche patrulla nos seguía desde hacía varios minutos.

Cuando aparqué frente a nuestra vivienda, las luces azules iluminaron toda la calle.

Los agentes se acercaron rápidamente y me indicaron que apagara el motor.

Él salió del vehículo completamente fuera de sí.

Intentaron hablar con él.

Calmar la situación.

Pero el alcohol había borrado cualquier rastro de razón.

Su agresividad fue aumentando hasta que los agentes no tuvieron más opción que reducirlo y detenerlo.

Recuerdo verlo marcharse entre gritos mientras yo permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar.

Cuando todo terminó, entré sola en casa.

Cerré la puerta despacio.

El silencio era tan intenso que llegaba a doler.

Me dejé caer al suelo del recibidor.

Todavía llevaba las llaves en la mano.

Y fue entonces cuando rompí a llorar.

No lloraba solo por lo que acababa de pasar.

Lloraba por la mujer que estaba dejando de ser.

Porque aquella noche comprendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome.

Ya no tenía miedo de perder al hombre del que me había enamorado.

Tenía miedo del hombre en el que se había convertido.

Y, aunque aún no era capaz de admitirlo...

...aquella no sería la última vez que el miedo llamaría a la puerta de mi casa.

Solo era la primera.


Comentarios

Entradas populares