VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 10

 

Capítulo 10: La batalla que libraba contra mí misma

Sobrevivir.

Esa palabra empezó a perseguirme cada vez que me miraba al espejo.

Ya no pensaba en ser feliz.

Ni siquiera soñaba con recuperar la vida que había perdido.

Mi único objetivo, sin darme cuenta, era terminar cada día sin que ocurriera nada.

Y cuando una persona deja de vivir para empezar únicamente a sobrevivir, es porque hace mucho tiempo que dejó de sentirse libre.

Mi cabeza estaba completamente despierta.

Cada día me gritaba que saliera de allí.

Que huyera.

Que aquel hombre no iba a cambiar.

Que el alcohol nunca había sido el verdadero problema, sino la excusa perfecta para justificar todo lo demás.

Pero mi corazón seguía empeñado en recordar al hombre del principio.

Al que me hacía reír.

Al que me abrazaba.

Al que me prometía un futuro juntos.

Vivía atrapada entre dos voces.

Una me pedía escapar.

La otra me suplicaba que no abandonara a alguien que, según yo, estaba enfermo y necesitaba ayuda.

No entendía que una cosa no anulaba la otra.

Que una persona podía tener una adicción...

Y, al mismo tiempo, decidir hacer daño.

Aquella guerra entre mi cabeza y mi corazón terminó convirtiéndose en una guerra contra mí misma.

Cada mañana me levantaba preguntándome qué debía hacer.

Y cada noche me acostaba sintiéndome culpable por seguir allí.

Era un caos.

Ya no sabía distinguir qué pensamientos eran realmente míos y cuáles llevaban tanto tiempo sembrados por él que habían terminado formando parte de mi forma de pensar.

Mientras tanto, el aislamiento era casi absoluto.

Las pocas amistades que aún seguían llamándome no entendían por qué siempre encontraba una excusa para no quedar.

Hasta que un día aparecieron por casa sin avisar.

Recuerdo perfectamente sus caras.

Sus miradas dejaron de sonreír en cuanto me vieron.

Intenté actuar con normalidad.

Pero ya era imposible esconder la realidad.

Los rasguños en mis brazos hablaban por sí solos.

También los moratones que intentaba cubrir con manga larga, aunque fuera verano.

Había marcas en mis piernas.

En mi cuello.

En mi rostro.

Ya no podía seguir diciendo que me había caído.

Nadie se cae tantas veces.

Nadie amanece cada pocos días con un hematoma distinto.

Vi en sus ojos la preocupación.

Y también esa pregunta que ninguno se atrevía a formular.

Yo bajé la mirada.

Porque sabía que, si alguien me preguntaba directamente qué estaba pasando, probablemente rompería a llorar.

Y aún no estaba preparada para decir la verdad en voz alta.

Había otra parte de nuestra relación que también había desaparecido hacía mucho tiempo.

Nuestra vida íntima.

El deseo había sido sustituido por el miedo.

¿Cómo iba a existir cariño donde vivía el terror?

¿Cómo iba a entregarme emocionalmente a la misma persona de la que intentaba protegerme cada noche?

Con el paso del tiempo entendí que aquello no era una crisis de pareja.

Era una consecuencia más del daño que llevaba tanto tiempo acumulando.

Había días en los que mi mente viajaba inevitablemente hacia el pasado.

Recordaba a mi anterior pareja.

Y una pregunta me perseguía una y otra vez.

¿Por qué?

¿Por qué había estropeado una historia en la que fui realmente feliz?

¿Por qué no había sabido valorar a quien me quiso de verdad?

Durante mucho tiempo me castigaba pensando en todo aquello.

Recordaba los momentos bonitos.

Las risas.

La tranquilidad.

La paz que sentía entonces.

Y comparaba aquella vida con la que tenía ahora.

Hasta que un día supe que él había rehecho su vida.

Había encontrado a otra persona.

Y no solo eso.

Habían formado una familia.

Incluso habían tenido un hijo.

Aquella noticia me golpeó de una forma difícil de explicar.

No porque quisiera volver con él.

Eso ya pertenecía al pasado.

Sino porque sentí que yo había sido una página que él ya había conseguido pasar.

Mientras yo seguía atrapada en una historia que parecía no tener final.

Me obligué a dejar de pensar en él.

Me repetía que no tenía derecho a mirar atrás.

Había sido yo quien tomó aquella decisión.

Y ahora debía asumir las consecuencias.

Aun así, durante mucho tiempo conviví con una sensación muy amarga.

La de haber sido completamente insignificante.

Hoy sé que no era verdad.

Ninguna persona es insignificante por el hecho de que otra continúe con su vida.

Simplemente, cada uno sana a su manera.

Y yo todavía ni siquiera había empezado a hacerlo.

Poco después llegó el día del juicio.

El procedimiento que se había iniciado tras aquella noche en las fiestas seguía adelante gracias a la denuncia de las jóvenes que presenciaron lo ocurrido y al testimonio de los propios agentes.

Yo acudí al juzgado con un nudo en el estómago.

Seguía pensando más en protegerlo que en protegerme.

Temía las consecuencias que aquello pudiera tener para él.

Incluso llegué a sentirme culpable por una situación que yo nunca había provocado.

Pero lo que ocurrió allí me dejó completamente desconcertada.

Aunque yo era quien había sufrido las agresiones...

No me permitieron entrar en la sala durante la vista.

Recuerdo quedarme esperando fuera.

Sentada en un banco frío.

Mirando constantemente la puerta cerrada.

Escuchando pasos, voces lejanas y el sonido de personas entrando y saliendo.

Sentía una frustración enorme.

Era mi historia.

Mi vida.

Mi dolor.

Y, sin embargo, tenía la sensación de que todo estaba ocurriendo sin que nadie quisiera escucharme.

Por primera vez comprendí que el proceso ya no dependía de mí.

La justicia seguía su camino.

Y yo seguía sin encontrar el mío.

Salí de aquel juzgado con la misma sensación con la que llevaba meses viviendo.

Completamente perdida.

Pero, aunque todavía no era capaz de verlo...

Aquel día se había plantado una pequeña semilla dentro de mí.

Una que tardaría tiempo en crecer.

La semilla que, algún día, me haría comprender que proteger a quien te destruye nunca puede significar dejar de protegerte a ti misma.


Comentarios

Entradas populares