VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 11

 

Capítulo 11: Las cadenas invisibles

Durante mucho tiempo llegué a creer que todo aquello era mi castigo.

Que la vida me estaba devolviendo el daño que yo había causado en el pasado.

Me repetía una y otra vez que aquello era el karma.

Que quizá merecía sufrir.

Que quizá merecía llorar cada noche.

Que quizá merecía vivir con miedo.

Era la única explicación que encontraba para entender por qué la vida me había llevado hasta un lugar del que parecía imposible escapar.

Y cuando una víctima empieza a creer que merece el dolor que recibe...

El maltrato ya ha ganado una de sus batallas más crueles.

Llegó el día en que se conoció la sentencia.

Una orden de alejamiento.

Cuatrocientos metros.

Un mes.

Solo un mes.

Me quedé completamente inmóvil.

En mi cabeza no dejaba de repetirse la misma pregunta.

¿Eso era proteger a una víctima?

¿Cómo podían resumirse meses de insultos, humillaciones y miedo en una orden de alejamiento de apenas treinta días?

Me parecía una burla.

Sentía que nadie era realmente consciente de lo que ocurría cuando la puerta de mi casa se cerraba.

Y, aun así, una parte de mí respiró aliviada.

No porque sintiera que por fin estaba protegida.

Sino porque él no había entrado en prisión.

Hoy me cuesta entenderlo, pero entonces mi prioridad seguía siendo la misma.

Salvarlo.

No salvarme a mí.

Salvarlo a él.

Seguía convencida de que el verdadero enemigo era el alcohol.

Que si conseguía dejar de beber, todo volvería a ser como al principio.

Así que volví a intentarlo.

Me senté frente a él y le hablé desde el corazón.

Le expliqué que necesitaba ayuda.

Que tenía que acudir a un psicólogo.

A un centro de rehabilitación.

A cualquier sitio donde pudieran ayudarle a salir de aquella adicción que nos estaba destruyendo a los dos.

Él únicamente asentía con la cabeza.

Me miraba.

Decía que sí a todo.

Pero era como hablar con una pared.

No había intención de cambiar.

Solo palabras vacías.

Lo más absurdo de toda aquella historia fue lo que ocurrió después.

Había una orden de alejamiento.

Y, sin embargo, seguíamos viviendo bajo el mismo techo.

Dormíamos en la misma casa.

Compartíamos el mismo espacio.

El mismo miedo.

Durante aquel mes nadie llamó a mi puerta.

Ningún policía apareció para comprobar si aquella medida se estaba cumpliendo.

Nadie preguntó cómo estaba.

Nadie quiso saber si seguía siendo víctima.

Era como si aquel papel firmado hubiera servido únicamente para archivar un expediente.

Mientras tanto, mi realidad seguía siendo exactamente la misma.

Los insultos.

Las humillaciones.

El control.

La violencia.

Todo continuó igual.

Y cuando pasó aquel mes...

La orden de alejamiento desapareció.

Como si nunca hubiera existido.

Fue entonces cuando mi cabeza empezó a buscar pequeñas escapatorias.

Él seguía bajando al bar prácticamente cada tarde.

Y yo aprovechaba esas horas para volver a respirar.

Sin decirle nada.

Sin pedir permiso.

Quedaba con mis primos.

Con los pocos amigos que aún no se habían rendido conmigo.

Volvía a pasear.

A reír tímidamente.

A sentir, durante unas horas, que seguía existiendo.

También conocí gente nueva.

Personas que me trataban con respeto.

Que no me hacían sentir culpable por hablar, por sonreír o simplemente por ser yo.

Y fue ahí cuando me di cuenta de algo que me rompió por dentro.

Ya no estaba enamorada de él.

No sentía ilusión cuando llegaba.

No esperaba sus abrazos.

Ni sus besos.

Ni sus promesas.

Solo sentía una enorme responsabilidad hacia una persona que, en mi cabeza, seguía necesitando que alguien la salvara.

Lo que me mantenía allí ya no era el amor.

Era la dependencia emocional.

Y la culpa.

La culpa de pensar que, si me marchaba, él terminaría destruyéndose.

Como si su vida dependiera exclusivamente de mí.

Sin darme cuenta, llevaba demasiado tiempo cargando sobre mis hombros una responsabilidad que nunca me había pertenecido.

En medio de todo aquel caos seguía estando Jordi, nuestro gato, que era la única presencia tranquila dentro de aquella casa llena de gritos.

Entonces yo no podía imaginar que, con el tiempo, él acabaría siendo el comienzo de uno de los capítulos más bonitos de mi vida.

Pero esa historia aún tardaría un poco en llegar.

Porque antes...

La vida todavía tenía preparada una última prueba que terminaría de romperme por completo.


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