VERDE COMO EL DESTINO: CAPÍTULO 14
CAPÍTULO 14: El beso que curó mi alma
Dicen que, cuando sales de una relación de maltrato, lo peor ya ha pasado.
Ojalá fuera cierto.
Lo peor no es marcharte.
Lo peor es aprender a vivir después.
Es despertarte cada mañana sin saber quién eres.
Mirarte al espejo y no reconocer a la mujer que tienes delante.
Sentir culpa por respirar tranquila.
Tener miedo cuando ya no hay nadie gritándote.
Acostumbrarte tanto al caos que el silencio termina asustándote más que los golpes.
Yo estaba rota.
No era una forma de hablar.
Estaba completamente rota.
Mi cuerpo empezaba poco a poco a recuperarse de los moratones.
Pero el alma...
El alma seguía llena de heridas que nadie podía ver.
Con Jordi entre mis brazos, caminé hasta la casa de la única persona que, sin saberlo, se había convertido en mi refugio.
No sabía qué iba a hacer con mi vida.
No sabía cómo iba a volver a empezar.
Solo sabía que necesitaba poner a salvo al único ser que me había acompañado durante aquellos años.
Cuando abrió la puerta, apenas pude sostenerle la mirada.
Él no preguntó nada.
Simplemente me abrazó.
Y yo...
Yo me derrumbé.
Lloré como una niña pequeña.
Lloré por los años perdidos.
Por las noches de miedo.
Por las veces que había querido desaparecer.
Por la mujer que había dejado de ser.
Sentía que llevaba cuatro años conteniendo las lágrimas.
Y aquel abrazo abrió la presa de golpe.
Sin embargo, ocurría algo extraño.
Cada vez que levantaba la cabeza para mirarlo, el llanto se detenía durante unos segundos.
Había algo en él que transmitía una paz difícil de explicar.
No necesitaba decir las palabras perfectas.
Su forma de escuchar ya era suficiente.
Me hablaba despacio.
Con calma.
Como si intentara convencer a mi corazón de que, por primera vez en mucho tiempo, ya no tenía que seguir huyendo.
Sus padres nos recibieron con un cariño que jamás olvidaré.
Aceptaron quedarse con Jordi sin poner una sola condición.
Yo apenas podía agradecerlo entre tantas lágrimas.
Antes de marcharme, mi amigo me sonrió y me dijo:
—Cuando quieras venir a verlo, esta también será tu casa.
Aquella frase se quedó grabada dentro de mí.
Porque hacía mucho tiempo que ninguna casa me hacía sentir bienvenida.
Volver con mis padres también fue un cambio enorme.
Después de haber vivido tantos años por mi cuenta, regresar a mi antigua habitación era como volver atrás en el tiempo.
Me costó adaptarme.
Volver a tener horarios.
Explicar dónde iba.
Escuchar otra vez consejos que antes no necesitaba.
Pero ellos fueron mucho más comprensivos de lo que jamás imaginé.
Creo que, aunque nunca les hubiera contado toda la verdad, habían entendido que algo muy grave había ocurrido.
No hacían demasiadas preguntas.
Simplemente estaban.
Y, en aquel momento, eso era todo lo que necesitaba.
Pocos días antes de que todo explotara había empezado un trabajo nuevo.
Repartía publicidad por las calles únicamente durante las mañanas.
Era un trabajo sencillo.
Caminaba durante horas.
Iba escuchando música.
Pensaba.
Respiraba.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo, nadie controlaba cada uno de mis movimientos.
Aquella libertad, por pequeña que fuera, sabía a gloria.
Cuando terminaba la jornada, casi sin darme cuenta, siempre acababa haciendo el mismo camino.
El que llevaba hasta la casa donde estaba Jordi.
O, al menos...
Eso era lo que yo me repetía.
Porque, en el fondo, empezaba a sospechar que ya no iba únicamente por él.
Mi amigo siempre me esperaba con la misma sonrisa.
Siempre tenía tiempo para escucharme.
Para preguntarme cómo había ido el día.
Para hacerme reír cuando notaba que volvía a perderme en mis pensamientos.
Las tardes empezaron a hacerse costumbre.
Y la costumbre empezó a convertirse en necesidad.
Creo que ninguno de los dos se atrevía a ponerle nombre a lo que estaba naciendo.
Quizá porque los dos sabíamos que mi corazón aún estaba lleno de cicatrices.
Una tarde llegué especialmente cansada.
No había dormido bien.
Las pesadillas seguían persiguiéndome casi cada noche.
Él me miró y sonrió con esa tranquilidad que tanto lo caracterizaba.
—Ven... descansa un rato.
Me señaló su habitación.
Entré despacio.
Las luces LED iluminaban la estancia con un tono rojizo y cálido que le daba una atmósfera íntima, tranquila, casi irreal.
Me tumbé de lado sobre la cama e intenté cerrar los ojos.
Pero dormir era imposible.
Cada vez que lo intentaba, mi mente volvía al pasado.
A los gritos.
Al miedo.
A la angustia.
Él debió de darse cuenta.
Sin decir una sola palabra, se tumbó a mi lado.
No invadió mi espacio.
No me obligó a nada.
Simplemente me rodeó con un abrazo suave.
Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Por primera vez en muchos años...
Mi cuerpo dejó de estar en tensión.
No sentía miedo.
No esperaba un grito.
No esperaba un golpe.
Solo sentía calma.
Apoyé lentamente la cabeza sobre su pecho mientras escuchaba el latido de su corazón.
Era un sonido tan sencillo...
Y, sin embargo, conseguía hacer callar todo el ruido que llevaba dentro.
Acarició despacio mi brazo con la yema de los dedos.
Con una delicadeza que casi había olvidado que existía.
Después rozó mi cuello con un beso apenas perceptible.
Tan suave que parecía más una pregunta que una intención.
Levanté la mirada.
Nuestros ojos se encontraron.
Y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
No hacía falta.
Había palabras que nunca podrían explicar lo que estaba ocurriendo.
Mi cabeza era un auténtico caos.
Solo habían pasado unas semanas desde que había escapado de una relación que casi acaba conmigo.
Me repetía que no podía volver a enamorarme.
Que era demasiado pronto.
Que todavía necesitaba aprender a quererme a mí misma.
Pero el corazón no entiende de calendarios.
Solo entiende de cómo alguien consigue hacerte sentir.
Y él...
Él me hacía sentir en paz.
Acabé dejándome llevar por aquel instante.
No porque buscara empezar otra historia.
Ni porque necesitara llenar un vacío.
Sino porque, por primera vez en muchísimo tiempo, alguien me estaba demostrando que el cariño podía ser dulce.
Que un beso podía nacer del respeto.
Que una caricia podía pedir permiso incluso sin pronunciar una sola palabra.
Aquella tarde compartimos besos, abrazos y silencios que hablaban mucho más que cualquier conversación.
No había prisa.
No había exigencias.
Solo dos personas encontrando un poco de luz después de mucha oscuridad.
Desde aquel día seguí visitando a Jordi casi todas las tardes.
Al menos...
Eso seguía diciéndome a mí misma.
Pero la verdad era otra.
Cada día tenía más ganas de verlo a él.
De escuchar su risa.
De perder la noción del tiempo hablando de cualquier tontería.
Las horas empezaron a escapársenos entre conversaciones interminables.
Cuando mirábamos el reloj, ya era medianoche.
Y aun así...
Siempre nos faltaban unos minutos más para seguir estando juntos.
Sin darme cuenta...
Después de haber sobrevivido al capítulo más oscuro de mi vida...
La esperanza empezaba a llamar, muy despacio, a la puerta de mi corazón.
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